• Antonio Caponnetto

Carlos Alberto Sacheri, un mártir de Cristo Rey

por: Antonio Caponnetto

Cuando nos disponemos a escribir estas líneas, algo dramático está ocurriendo en nuestra patria, cuya protesta tal vez sea este el lugar adecuado para formular, y cuya primera denominación bien podría ser la de la falsificación de la memoria.

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Ella se ha vuelto generalizada, prepotente y cruel; y resultan tan hábiles cuan inescrupulosos quienes ofician de profesionales de la mentira, que no queda ya prácticamente un espacio sin arrebatar por este traicionero olvido. Se ha olvidado así, a sabiendas, la existencia del marxismo internacional con su secuela —científicamente demostrada— de cien millones de víctimas en todo el mundo, en lo que va del siglo que se acaba. Y se ha olvidado que, al amparo de esa estructura ideológica y homicida, apareció en América el fenómeno del terrorismo, despojando de paz y de justicia a aquellos pueblos sobre los cuales pretendía llevar, paradójicamente, su espíritu benefactor. Se dirá, y estamos prontos a suscribirlo, que la aludida violencia encontró en el liberalismo su matiz como en el capitalismo su financiación. Nada más cierto ni más necesario de repetir. Pero aquella violencia se desplegó en nombre de los cien rostros torvos de la izquierda, y amparada y sostenida en una calculada revolución contracultural, penetró en el cuerpo social todo, astillándolo en mil pedazos. El término subversión —tan utilizado otrora— daba una pista cierta, en recta semántica, de lo que estaba ocurriendo. Porque no era sólo la guerrilla la que elegía sus blancos físicos; no únicamente el partisanismo el que atacaba hombres y sitios, sino algo más sutil y envolvente, más deletéreo y demoledor, que tan pronto podía roer el orden de la institución familiar como el sentido de lo sagrado. Sus blancos ya no eran físicos sino espirituales, y por consiguiente, no se dirigían tanto a personas o a lugares cuanto a modos e ideas. Pocas veces se vio tan claro aquello de que la guerra y la política se continúan; y que si la primera no se acota a lo castrense, la segunda no suele desentenderse de la contienda. La subversión creció así en la universidad y en la educación sistemática, en el sindicalismo y en las agrupaciones obreras, en la partidocracia y en el área aparentemente inabordable de la ciencia y la técnica, en las manifestaciones artísticas y en la enseñanza general. Tuvo y tiene su baluarte predilecto en los medios masivos, no omitió tampoco su cuota grande de inserción en las mismas Fuerzas Armadas, y llegó —como un dolor punzante y amargo— al corazón mismo de la Iglesia. La subversión conquistó gobiernos y poderes, y bajo sus tenebrosos amparos, las organizaciones armadas que la cobijaron, tuvieron una libertad de acción irrestricta e impune. La Argentina no fue la excepción, sino por el contrario, casi un caso piloto de la subversión y del terrorismo marxistas en América. Cuesta decirlo hoy, y entre nosotros, cuando la susodicha falsificación de la memoria ha logrado imponer el mito del holocausto militarista contra los defensores de los derechos humanos, y no hay estulto que no repita la fábula de la represión sangrienta frente a adversarios que apenas si pasaban de ser jóvenes idealistas. Cuesta decirlo aquí, en este país irreconocible de las manipulaciones mediáticas, capaz, por obra y gracia de las mismas, de llamar canallas a sus héroes y figuras tutelares a sus granujas. Pero fue aquí y ayer nomás —mal que les pese a los artífices de la amnesia colectiva y a los profesionales de la confusión— que el terrorismo y subversión caminaron juntos, trazando un camino de víctimas, de pérdidas irremediables, de despojos dolientes. No eran alegres utopías las que movilizaban sus cuadros, sino un odio rojo demasiado parecido al que los místicos describen en sus visiones del infierno. Como no eran desprotegidos y desguarnecidos corderos a merced de una jauría desenfrenada de soldados, sino tropas fríamente adiestradas para el cultivo de un horror que la experiencia demostró no tener límites morales ni mentales. Ninguna inocencia los caracterizaba, ningún atenuante alcanza para exculparlos. Secuestraron y torturaron, extorsionaron e hicieron desaparecer en no pocos casos los cuerpos de sus agredidos; tuvieron sus propios centros clandestinos de detenciones y vejámenes, ejercitaron el sadismo, aún entre las propias filas, cada vez que lo creyeron oportuno, y no se privaron de escudarse en criaturas para propiciar sus fugas o sus entuertos. Así era la Argentina de los años setenta; prefigurada ya en los últimos del sesenta y si se quiere, una década atrás, cuando se hicieron oír los primeros escarceos de las células armadas. En esa nación —así sufriente, así contrahecha e invadida, así de convulsa— murió un domingo del año ’74, en vísperas de Navidad, Carlos Alberto Sacheri. Pero no fue la suya la muerte natural que nos llega invariablemente por el paso de los tiempos, sino la muerte heroica y mártir del luchador y del testigo. Porque digámoslo una vez más y con cristiano orgullo: a Sacheri lo matan las fuerzas combinadas del terrorismo y de la subversión marxistas, ya que sabían de un modo explícito que tenían en él a un contrincante formidable e irreductible. Lo asesinan calculadamente —casi podríamos escribir ritualmente, a juzgar por las expresiones posteriores del grupúsculo que se adjudicó la autoría material del crimen—como señal de que su vida y su obra resultaban un desafío y una amenaza a la hediondez dominante. Vale la pena entonces hacerse esta pregunta: ¿quién era Carlos Alberto Sacheri?, ¿quién era este hombre singular que suscitó el encono de los perversos y la animadversión homicida de los agentes del comunismo? No es baladí el interrogante ni debe ser opaca la respuesta, pues si trazamos un perfil acabado y luminoso, sabremos en consecuencia cuál es el arquetipo que hemos de forjar en nosotros mismos y en el prójimo, mientras conservemos aún la noble aspiración de santificar la existencia. (…) Era Sacheri el forjador y el pater familiae de un hogar católico. De aquellos en que las horas y los días tienen el ritmo de la liturgia y el sabor de la Iglesia Doméstica. Esa familia —de hijos todavía pequeños para asomarse al misterio de la tragedia— recibió la salpicadura de su sangre, como en un nuevo y especial sacramento que los ratificaba para siempre en la Fe. Era Sacheri un bautizado fiel a la Cátedra de Pedro, conocedor del Magisterio, docto en su Sagrada Tradición, atento a sus formulaciones actuales, leal en todo a la Esposa del Señor. Precisamente por eso no estaba dispuesto a presenciar inactivo el complot de los heresiarcas y las ofensas de los prevaricadores. Y escribió ese libro estupendo, La Iglesia Clandestina, que en manos de otro no hubiese pasado del circunstancial panfleto de denuncia contra los males del progresismo, pero que en su inteligencia arquitectónica se convirtió en el manifiesto de la lucha y de la esperanza cristiana, en la doble y necesaria fuerza para recordar la Palabra Verdadera y empuñar la tralla que expulsara a los mercaderes del templo. Era Sacheri un hombre del Derecho. Como lo entendían los romanos –prudentia inris— y como pudo inteligirlo un Tomás Moro o un San Alfonso María de Ligorio. Sin el Orden Sobrenatural no se sostiene el Orden Natural, y sin éste, vano es el ordenamiento de la ley e inevitable el derrumbe de la Ciudad. Iustitia est ad alterum, sabía con el Aquinate. Y esa alteridad a la que era preciso restituirle lo proporcionado, resultaba para él, tanto el hombre singular como el municipio, la empresa o la aldea, la profesión o el Estado. Su preocupación por el bien común —concepto sobre el que escribió páginas llenas de exactitud— expresaba este afán por lo justo que lo acompañó desde sus días juveniles. Era Sacheri un universitario, si la palabra se entiende a derechas. Que es decir mejores cosas que las que sugieren hoy expresiones como intelectual u hombre de la cultura. Porque la Universidad, según la clásica definición de Alfonso el Sabio en Las Siete Partidas es “el ayuntamiento de maestros, e de escolares, que es fecho en algún lugar con voluntad e entendimiento de aprender los saberes”; y se cumplió en él lo que decía Pío XI: donde está el maestro, allí están los discípulos. Por volcarse a los saberes esenciales y a la unidad del saber, fue universitario eminente, dentro y fuera del país. Lo fue asimismo por ese don de contemplar los trascendentales del Ser y de aprehender la realidad con hábitos rigurosos de definición y de análisis. Pero supo ayuntar voluntades y entendimientos, aquí y allá y por donde la Providencia lo llevara, engendrando discípulos con su sola presencia, que todavía recuerdan con admiración y gratitud. Era Sacheri un tomista, despojando rápidamente al término de los abusos semánticos de la manualística filosófica. Lo que equivale a sostener, según oportuna aclaración de Castellani, “que es aquel que posee la inteligencia lo suficientemente alada como para rumiar y degustar al Doctor Angélico, recreándolo antes que repitiéndolo, extendiéndolo antes que anquilosándolo, aplicándolo en todo más que reduciéndolo a un manojo de citas. No el Tomás catalogado y vivisecado de los CD para el personal computer, sino el Santo Tomás vivo y fresco, perenne y enorme, a quien se le apareció una tarde el buen Jesús ofreciéndole recompensas por sus empeños, mientras el balbuceara apenas: Señor, yo no quiero otra cosa más que Vos mismo. Era al fin Sacheri, un militante de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo. Tenía por programa el Para que El reine, por divisa él Omnia instaurare in Christo, por promesa el desafío paulino: es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. Y tenía por arma la práctica de los Ejercicios Ignacianos, para no perder nunca de vista la agonía crucial de las Dos Banderas. Militante del Buen Combate, no especuló jamás con acomodos mundanos, con arribismos ocasionales o con carreras promisorias en la política menuda, a expensas del testimonio limpio de la Verdad Crucificada. Y puesto en la mira por su papel de avanzada en la lucha contrarrevolucionaria, conservó la sencillez y el estilo afable, propio de los señores y de los elegidos. Humildad y vida sin dobleces que es necesario imitar, si se ha de levantar su nombre como estandarte. Dice San Ambrosio en De bono mortis, que “para los buenos, la muerte es un puerto de descanso; para los malos es un naufragio”. Carlos Alberto Sacheri ha merecido el puerto de la quietud perpetua, desde el cual, seguramente, ve echar anclas celestes a los Ángeles y a la Nave Invicta de la Iglesia Triunfante tremolar por un mar sin bajíos. Su visión es la visión transfigurante de los mártires. Se nos conceda a quienes quedamos la gracia de su destino; pero antes, y como a él, el coraje para el entrevero, la inteligencia para discernir, el celo apostólico para no ceder, la virtud para soportar la peripecia. Y se nos conceda no para nuestra vanagloria, ni siquiera para lo que pudiera significar en el orden de los legítimos reconocimientos humanos. Se nos conceda sólo para ofrecer nuestras vidas y nuestras obras al servicio de Dios y de la Patria.

Ella se ha vuelto generalizada, prepotente y cruel; y resultan tan hábiles cuan inescrupulosos quienes ofician de profesionales de la mentira, que no queda ya prácticamente un espacio sin arrebatar por este traicionero olvido.

Se ha olvidado así, a sabiendas, la existencia del marxismo internacional con su secuela —científicamente demostrada— de cien millones de víctimas en todo el mundo, en lo que va del siglo que se acaba. Y se ha olvidado que, al amparo de esa estructura ideológica y homicida, apareció en América el fenómeno del terrorismo, despojando de paz y de justicia a aquellos pueblos sobre los cuales pretendía llevar, paradójicamente, su espíritu benefactor.

Se dirá, y estamos prontos a suscribirlo, que la aludida violencia encontró en el liberalismo su matiz como en el capitalismo su financiación. Nada más cierto ni más necesario de repetir. Pero aquella violencia se desplegó en nombre de los cien rostros torvos de la izquierda, y amparada y sostenida en una calculada revolución contracultural, penetró en el cuerpo social todo, astillándolo en mil pedazos. El término subversión —tan utilizado otrora— daba una pista cierta, en recta semántica, de lo que estaba ocurriendo. Porque no era sólo la guerrilla la que elegía sus blancos físicos; no únicamente el partisanismo el que atacaba hombres y sitios, sino algo más sutil y envolvente, más deletéreo y demoledor, que tan pronto podía roer el orden de la institución familiar como el sentido de lo sagrado. Sus blancos ya no eran físicos sino espirituales, y por consiguiente, no se dirigían tanto a personas o a lugares cuanto a modos e ideas.

Pocas veces se vio tan claro aquello de que la guerra y la política se continúan; y que si la primera no se acota a lo castrense, la segunda no suele desentenderse de la contienda.

La subversión creció así en la universidad y en la educación sistemática, en el sindicalismo y en las agrupaciones obreras, en la partidocracia y en el área aparentemente inabordable de la ciencia y la técnica, en las manifestaciones artísticas y en la enseñanza general. Tuvo y tiene su baluarte predilecto en los medios masivos, no omitió tampoco su cuota grande de inserción en las mismas Fuerzas Armadas, y llegó —como un dolor punzante y amargo— al corazón mismo de la Iglesia. La subversión conquistó gobiernos y poderes, y bajo sus tenebrosos amparos, las organizaciones armadas que la cobijaron, tuvieron una libertad de acción irrestricta e impune.

La Argentina no fue la excepción, sino por el contrario, casi un caso piloto de la subversión y del terrorismo marxistas en América.

Cuesta decirlo hoy, y entre nosotros, cuando la susodicha falsificación de la memoria ha logrado imponer el mito del holocausto militarista contra los defensores de los derechos humanos, y no hay estulto que no repita la fábula de la represión sangrienta frente a adversarios que apenas si pasaban de ser jóvenes idealistas. Cuesta decirlo aquí, en este país irreconocible de las manipulaciones mediáticas, capaz, por obra y gracia de las mismas, de llamar canallas a sus héroes y figuras tutelares a sus granujas.

Pero fue aquí y ayer nomás —mal que les pese a los artífices de la amnesia colectiva y a los profesionales de la confusión— que el terrorismo y subversión caminaron juntos, trazando un camino de víctimas, de pérdidas irremediables, de despojos dolientes. No eran alegres utopías las que movilizaban sus cuadros, sino un odio rojo demasiado parecido al que los místicos describen en sus visiones del infierno. Como no eran desprotegidos y desguarnecidos corderos a merced de una jauría desenfrenada de soldados, sino tropas fríamente adiestradas para el cultivo de un horror que la experiencia demostró no tener límites morales ni mentales. Ninguna inocencia los caracterizaba, ningún atenuante alcanza para exculparlos. Secuestraron y torturaron, extorsionaron e hicieron desaparecer en no pocos casos los cuerpos de sus agredidos; tuvieron sus propios centros clandestinos de detenciones y vejámenes, ejercitaron el sadismo, aún entre las propias filas, cada vez que lo creyeron oportuno, y no se privaron de escudarse en criaturas para propiciar sus fugas o sus entuertos.

Así era la Argentina de los años setenta; prefigurada ya en los últimos del sesenta y si se quiere, una década atrás, cuando se hicieron oír los primeros escarceos de las células armadas.

En esa nación —así sufriente, así contrahecha e invadida, así de convulsa— murió un domingo del año ’74, en vísperas de Navidad, Carlos Alberto Sacheri. Pero no fue la suya la muerte natural que nos llega invariablemente por el paso de los tiempos, sino la muerte heroica y mártir del luchador y del testigo. Porque digámoslo una vez más y con cristiano orgullo: a Sacheri lo matan las fuerzas combinadas del terrorismo y de la subversión marxistas, ya que sabían de un modo explícito que tenían en él a un contrincante formidable e irreductible. Lo asesinan calculadamente —casi podríamos escribir ritualmente, a juzgar por las expresiones posteriores del grupúsculo que se adjudicó la autoría material del crimen—como señal de que su vida y su obra resultaban un desafío y una amenaza a la hediondez dominante.

Vale la pena entonces hacerse esta pregunta: ¿quién era Carlos Alberto Sacheri?, ¿quién era este hombre singular que suscitó el encono de los perversos y la animadversión homicida de los agentes del comunismo? No es baladí el interrogante ni debe ser opaca la respuesta, pues si trazamos un perfil acabado y luminoso, sabremos en consecuencia cuál es el arquetipo que hemos de forjar en nosotros mismos y en el prójimo, mientras conservemos aún la noble aspiración de santificar la existencia.

(…)

Era Sacheri el forjador y el pater familiae de un hogar católico. De aquellos en que las horas y los días tienen el ritmo de la liturgia y el sabor de la Iglesia Doméstica. Esa familia —de hijos todavía pequeños para asomarse al misterio de la tragedia— recibió la salpicadura de su sangre, como en un nuevo y especial sacramento que los ratificaba para siempre en la Fe.

Era Sacheri un bautizado fiel a la Cátedra de Pedro, conocedor del Magisterio, docto en su Sagrada Tradición, atento a sus formulaciones actuales, leal en todo a la Esposa del Señor. Precisamente por eso no estaba dispuesto a presenciar inactivo el complot de los heresiarcas y las ofensas de los prevaricadores. Y escribió ese libro estupendo, La Iglesia Clandestina, que en manos de otro no hubiese pasado del circunstancial panfleto de denuncia contra los males del progresismo, pero que en su inteligencia arquitectónica se convirtió en el manifiesto de la lucha y de la esperanza cristiana, en la doble y necesaria fuerza para recordar la Palabra Verdadera y empuñar la tralla que expulsara a los mercaderes del templo.

Era Sacheri un hombre del Derecho. Como lo entendían los romanos –prudentia inris— y como pudo inteligirlo un Tomás Moro o un San Alfonso María de Ligorio. Sin el Orden Sobrenatural no se sostiene el Orden Natural, y sin éste, vano es el ordenamiento de la ley e inevitable el derrumbe de la Ciudad. Iustitia est ad alterum, sabía con el Aquinate. Y esa alteridad a la que era preciso restituirle lo proporcionado, resultaba para él, tanto el hombre singular como el municipio, la empresa o la aldea, la profesión o el Estado. Su preocupación por el bien común —concepto sobre el que escribió páginas llenas de exactitud— expresaba este afán por lo justo que lo acompañó desde sus días juveniles.

Era Sacheri un universitario, si la palabra se entiende a derechas. Que es decir mejores cosas que las que sugieren hoy expresiones como intelectual u hombre de la cultura. Porque la Universidad, según la clásica definición de Alfonso el Sabio en Las Siete Partidas es “el ayuntamiento de maestros, e de escolares, que es fecho en algún lugar con voluntad e entendimiento de aprender los saberes”; y se cumplió en él lo que decía Pío XI: donde está el maestro, allí están los discípulos.

Por volcarse a los saberes esenciales y a la unidad del saber, fue universitario eminente, dentro y fuera del país. Lo fue asimismo por ese don de contemplar los trascendentales del Ser y de aprehender la realidad con hábitos rigurosos de definición y de análisis. Pero supo ayuntar voluntades y entendimientos, aquí y allá y por donde la Providencia lo llevara, engendrando discípulos con su sola presencia, que todavía recuerdan con admiración y gratitud.

Era Sacheri un tomista, despojando rápidamente al término de los abusos semánticos de la manualística filosófica. Lo que equivale a sostener, según oportuna aclaración de Castellani, “que es aquel que posee la inteligencia lo suficientemente alada como para rumiar y degustar al Doctor Angélico, recreándolo antes que repitiéndolo, extendiéndolo antes que anquilosándolo, aplicándolo en todo más que reduciéndolo a un manojo de citas. No el Tomás catalogado y vivisecado de los CD para el personal computer, sino el Santo Tomás vivo y fresco, perenne y enorme, a quien se le apareció una tarde el buen Jesús ofreciéndole recompensas por sus empeños, mientras el balbuceara apenas: Señor, yo no quiero otra cosa más que Vos mismo.

Era al fin Sacheri, un militante de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo. Tenía por programa el Para que El reine, por divisa él Omnia instaurare in Christo, por promesa el desafío paulino: es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. Y tenía por arma la práctica de los Ejercicios Ignacianos, para no perder nunca de vista la agonía crucial de las Dos Banderas.

Militante del Buen Combate, no especuló jamás con acomodos mundanos, con arribismos ocasionales o con carreras promisorias en la política menuda, a expensas del testimonio limpio de la Verdad Crucificada. Y puesto en la mira por su papel de avanzada en la lucha contrarrevolucionaria, conservó la sencillez y el estilo afable, propio de los señores y de los elegidos. Humildad y vida sin dobleces que es necesario imitar, si se ha de levantar su nombre como estandarte.

Dice San Ambrosio en De bono mortis, que “para los buenos, la muerte es un puerto de descanso; para los malos es un naufragio”.

Carlos Alberto Sacheri ha merecido el puerto de la quietud perpetua, desde el cual, seguramente, ve echar anclas celestes a los Ángeles y a la Nave Invicta de la Iglesia Triunfante tremolar por un mar sin bajíos. Su visión es la visión transfigurante de los mártires. Se nos conceda a quienes quedamos la gracia de su destino; pero antes, y como a él, el coraje para el entrevero, la inteligencia para discernir, el celo apostólico para no ceder, la virtud para soportar la peripecia.

Y se nos conceda no para nuestra vanagloria, ni siquiera para lo que pudiera significar en el orden de los legítimos reconocimientos humanos. Se nos conceda sólo para ofrecer nuestras vidas y nuestras obras al servicio de Dios y de la Patria.

“Carlos Alberto Sacheri, un mártir de Cristo Rey”

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