Marxismo y revolución

Hace ya diecisiete años, en marzo de 1960, Jean Ma-diran afirmaba que miles de personas habían aprendido gracias al “trabajo doctrinal” de Jean Ousset —”obra de luz, obra de caridad, obra de misericordia intelectual”— “a cultivar las ¡deas no por sí mismas, sino por amor de la Verdad, —de la Verdad que es una Persona: Yo soy, dijo el Señor, el Camino, la Verdad, la Vida”.
Que su obra y su ejemplo sirvan para que muchos más encuentren a esa Verdad que salva a los hombres y a las sociedades: Jesucristo, único Rey del Universo.

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Acerca de este libro
La verdadera Revolución no es la Re­volución en la calle, sino la manera revolucionaria de pensar. Ch. Maurras. Desde hace cincuenta años, por lo menos en nues­tro país, el más temible peligro revolucionario sigue siendo el comunismo. Como él ha adquirido un extraordinario poderío que provino de Rusia, como es marxista-leninista y está organizado según fórmulas soviéticas1, mu­chos tomaron y conservan el hábito de denunciar a la "Tercera Internacional" detrás de cualquier agi-tación atribuida al comunismo. Las crisis internas del Partido Comunista con sus Implacables "purgas", la escisión trotskista y hasta... el separatismo espectacular de un Tito, no alcan­zan a conmover la creencia —confusa pero tenaz— de que no hay ni puede haber comunismo sin Moscú y, a fortiori, contra Moscú. Pocos son los que recuerdan aquellas formas (no marxistas) del comunismo "utópico". Comunismo a lo Platón, a lo Tomás Moro, a lo Campanella. Comunismo a lo Babeuf, a lo Fourier, a lo Saint-Simon. Fórmulas éstas que, para la mayoría, son sólo ar­gucias de los historiadores. El único comunismo vivo y amenazante, forma su­prema de la Revolución, sigue siendo el comunismo marxista-leninista con su capital internacional: Moscú. ----------------------------------------- Hasta el día en que... Digamos: hasta los sucesos de mayo-junio de 1968. El curso de esos acontecimientos demostró que existe una auténtica renovación de la Revolución. De factura comunista y con pretensión marxista pero, sin embargo, no moscovita. Agitación que —rasgo significativo— no tuvo lugar sólo en Francia, sino de una y otra parte de la cor­tina de hierro. Agitación que, en las democracias populares de Europa Oriental pareció anticomunista, en razón de que amenazaba (y amenaza) la autoridad de Moscú. Agitación que, en los países aún no comunizados, pasa por comunista, aunque ha demostrado a través de los "sucesos de mayo-junio del 68", el desprecio de que es objeto Moscú por la nueva ola de "ra­biosos". Por eso es vana la explicación atenuante según la cual se habría asistido, simplemente, a una crisis es­pontánea de la juventud. Juventud que, entre no­sotros, sería comunista por reacción contra nuestras estructuras "burguesas" pero que, por reacción siem­pre espontánea, sería anticomunista detrás de la cortina de hierro. Para el que sabe ver, por el contrario, es eviden­te que más allá o más acá de la "cortina", la rebe­lión de esa juventud fue singularmente una por su concepción del marxismo. Concepción que se bur­la de buen número de disciplinas admitidas desde su fundación por la Tercera Internacional. Así la noción de "alienación"2 aplicada hasta hoy por los moscovitas solamente a los tabúes tradicio­nales "burgueses", la invoca la "nueva ola" contra las opciones, consignas, precauciones o criterios im­puestos por el Kremlin, en razón de la mayor y más segura eficacia revolucionaria. Incluso... ¿no es significativo que los criterios de mayor rendimiento económico —por tanto tiempo privilegiados en el mundo comunista— sean "cuestionados" hoy por los "rabiosos"? Continuar con la idea que se tenía hace diez o veinte años puede convertirse en un error fatal en la lucha contra el comunismo. En ese período, Mos­cú era, prácticamente, la única etiqueta... Ese comunismo no ha desaparecido pero evolucionó, se transformó, se diversificó considerablemente. No ha cambiado en lo esencial pero nuevos ele­mentos y nuevas referencias han tomado la de­lantera. Si en el combate se quiere evitar ser engañado hay, pues, que saber descubrir ese elemento permanente, en ese elemento esencial. El desmoronamiento o el relajamiento del mono­polio internacional de Moscú no podía dejar de pro­vocar variantes, hasta ahora desconocidas, en las for­mulaciones comunistas. La fórmula de ese comunis­mo "cristiano" y aun eclesiástico, llamado "progre-sismo" no es la menos sorprendente ni la menos pe-llorosa. Fórmulas cuya variedad constituye una trampa, la mejor trampa. La más pérfida trampa de la Revo­lución en su progreso mundial. En el futuro, sólo aquéllos que hayan comprendi­do, sólo aquéllos que sepan detectar lo que puede denominarse el espíritu fundamental, los caracteres permanentes de la Revolución, tendrán posibilidad de no ser engañados y de combatirla eficazmente, El solo rótulo de Moscú no es suficiente. Tales esquemas clásicos del marxismo han sido práctica­mente abandonados desde hace bastante tiempo. Ciertamente, Marx y Lenin continúan siendo in­vocados placenteramente, pero con retoques profun­dos. Freud, Marcuse, Mao y Castro son escuchados con fruición. Entonces ¿cómo puede aún traerse a colación la permanencia del peligro comunista? De lo contrario, ¿qué es la Revolución? Entonces ¿cuáles son los caracteres esenciales de su perversión? Estas preguntas fueron ya contestadas por un pre­lado en el siglo xrx. Escribía Monseñor Gaume3: "Si, arrancándole la máscara, le preguntas ¿quién eres?, te dirá: No soy lo que crees. Muchos hablan de mí pero pocos me conocen. No soy el carbonarismo... ni la revuelta... ni el reemplazo de la monarquía por la república, ni la sustitución de una dinastía por otra, ni la alteración momentánea del orden público. Ni los alaridos de los jacobinos, ni las furias de la Montagne, ni el combate en las barricadas, ni el pillaje, ni el incendio, ni la ley agraria, ni la guillotina, ni los anegamientos. No soy Marat, ni Robespierre, ni Babeuf, ni Mazzini, ni Kossuth. Esos hombres son mis hijos, pero no soy yo. Esas cosas son mis obras, pero no soy yo. Ésos hombres y esas cosas son hechos pasajeros y yo soy un estado permanente... "Soy el odio a todo orden no establecido por el hombre y del que él no sea rey y Dios a la vez.. Fórmula que, lo sabemos, parecerá hiperbólica, inadecuada, extrapolada. Fórmula que, no por eso, deja de contener lo esencial. Porque este "odio a todo orden no establecido por el hombre" no puede ser sino, en primer térmi­no, un rechazo de ese orden de las cosas que es la primera expresión de la voluntad divina con res­pecto al hombre. Este "odio a todo orden no establecido por el hombre" no puede ser sino un rechazo de toda ver­dad objetiva, de todo principio estable... Porque verdad y principios no dependen del capricho de nuestras voluntades o de la fantasía de nuestra ima­ginación. Este "odio a todo orden no establecido por el hombre" no puede ser sino un rechazo de toda in­vención humana que tenga tendencia a ser perma­nente y que aparezca, por ello, más respetable y merecedora de imponerse a la admiración o a la sumisión de todos. Al término de su evolución normal, este "odio a todo orden no establecido por el hombre" no puede sino entrañar un clima de "controversia permanen­te", de perpetuo cuestionamiento de todo. Ideal revolucionario expuesto por Jaurés en un pasaje célebre: "Lo que ante todo es preciso salva­guardar, es el bien inestimable conquistado por el hombre a través de todos los prejuicios, de to­dos los sufrimientos y de todos los combates: la idea de que no hay verdad sagrada que una secreta rebelión debe entrar en todas nuestras afirmaciones y pensamientos, que si el mismo ideal de Dios se hiciese visible, si el mismo Dios se mostrara en forma palpable frente a las multitudes, el primer deber del hombre sería rechazar la obe­diencia y considerarlo como un igual con el que se discute y no como el Señor que se soporta..." Ideal revolucionario igualmente proclamado por Richard Dupuy, el 20 de julio de 1968, en la Convención Anual de la Gran Logia de Francia: "Nosotros, francmasones, sabemos ciertamente que el cuestionamiento somos nosotros. El método masó­nico es la perpetua puesta en tela de juicio de lo ya adquirido. La impugnación es la certeza que tene­mos en lo más profundo de nosotros mismos, que en razón de nuestra iniciación tradicional somos in­capaces de enunciar, de una vez por todas, una ver­dad eterna, una verdad absoluta. Pero somos capa­ces de descubrir la verdad con la condición de que tengamos la voluntad de buscarla permanentemente y de cuestionar las certezas en las que nos apoyába­mos en la víspera". Reflexiones éstas que, por poco que se las medite, corresponden exactamente a la fórmula de Monse­ñor Gaume: ese "odio a todo orden no establecido por el hombre". Ideal revolucionario ¡esencialmente dialéctico! En la teoría como en la práctica. Ideal revolucionario que, desde sus primeras rea­lizaciones provocó, sostuvo, desarrolló todas las con­tradicciones. Clases contra clases. Tercer Estado contra Nobleza. "Sans culottes" contra "ci-devant". Montaña contra Gironda. Pobres contra ricos. Pro­letarios contra burgueses. Obreros contra patrones. Izquierda contra derecha. Radicales contra libera­les. Bolcheviques contra mencheviques. Naciones contra naciones. Colonizados contra colonialistas. Negros contra blancos. Demócratas contra fascistas Laicistas contra clericales. Y, en el seno mismo de la Iglesia, progresistas contra integristas. Padres del Concilio contra la Cu­ria. Juan XXIII contra Pío XII, etc. Los resultados son visibles en todas las cosas: en las atinentes al espíritu, a la cultura, a la política, a la religión .. lo esencial de la Revolución consiste en disolver todo lo que pueda ser sustancia de ver­dad, de orden objetivo. No conserva, no quiere re­tener sino el aspecto evolutivo, el aspecto perpetua­mente cambiante de los seres y de las cosas. NOTAS 1 Así, el famoso artículo 126 de la Constitución Sovié-tica, que regula la organización del Partido Comunista en en U.R.S.S. 2 Noción de la que el lector encontrará una explicación más detallada en esta misma obra (Primera Parte, cap. IV, pp. 101-106). 3 La Révolution. Recherches historiques. T. 1, p. Lille. Secrétariat Société St. Paul. 1877.

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