• Alberto Buela

Metapolítica y filosofía

por: Alberto Buela

Llevando por delante la idea de dissensus, nuestro proyecto ha sido el de elaborar un pensamiento disidente que se opone a los pensamientos conformistas de los teóricos del consenso (Jungen Habermas, Karl Otto Apel). Para abrir una brecha en el dogma consensual, la idea ha sido explotar hasta el máximo posible la libertad intelectual. Así, nos preguntamos: ¿para qué sirve dar su asentimiento a un sistema donde no hay nada que hacer y que está dirigido no por el pueblo sino por “los otros”?

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Así comenzamos entonces la tarea de realizar la deconstrucción de esta empresa de superchería. Evidentemente, comenzamos por lo más inmediato, a saber, lo que tenemos bajo nuestros ojos y que no queremos. Para ayudarnos en esta primera etapa nos apoyamos en le patrimonio intelectual iberoamericano y es así que descubrimos, más allá de los sederos recorridos por los pensadores del establishment, la existencia de un pensamiento de la resistencia o no-conformista. Buscamos algunos pensadores originales de cada uno de nuestros respectivos países y constituimos un entramado de materiales y textos que llamaban a la disidencia con relación al sistema establecido. Un pensador como el argentino Alberto Rougés (1880-1945) que escribió la refutación a Bergson en Las jerarquías del ser y la eternidad. Ciertos filósofos criollos son igualmente muy interesantes. Pienso en el mejicano Antonio Caso que pulveriza al positivismo en un ensayo de 1941 titulado Positivismo, neopositivismo y fenomenología. También el boliviano Franz Tamayo en la Creación de la pedagogía nacional (1910); el brasileño Gilberto Freyre en Casa Grande o Senzala (1933); el paraguayo Natalicio González en Raíz Herrante (1953) y tantos otros que sería largo enumerar. Como nosotros nos inscribimos en esta tradición disidente obramos para transmitir este patrimonio a las generaciones por venir. Paradójicamente el clima cultural argentino es relativamente favorable debido al humus cultivado a partir del peronismo, sea por su desfachatez cultural sea por sus desplantes históricos a la academia y a la universidad. Enfrente solo está el vacío de la sociedad conformista. Lo mismo que en Francia, la gran mayoría de nosotros vive de manera masificada mientras que solo una minoría tiene el coraje de la disidencia. Ciertamente, existe un pensamiento oficial pero es completamente aséptico y sin originalidad. Los partidarios del pensamiento conformista se contentan con enunciar las teorías elaboradas en Europa y los Estados Unidos. El mimetismo es tan potente en el mundo universitario e intelectual suramericano que reinan aquí el no-pensamiento y el vacío. En efecto, nosotros hemos sido colonizados intelectualmente por Europa y los Estados Unidos. En Argentina no tenemos pensadores de la envergadura de un Richard Rorty o un Gianni Vattimo. La ironía del primero y el pensamiento débil de segundo, constituyen un lujo de las sociedades que quieren ejercer una influencia frente al resto del mundo. Sociedades opulentas las denomina Del Noce. Pero a favor nuestro está la circunstancia que nosotros no conocemos esa chapa de plomo que produce el terrorismo intelectual del "pensamiento único" , pues al encontramos lejos de los centros de producción del conformismo intelectual, poseemos todavía un espacio de libertad que hace posible la expresión de las ideas de disidencia, claro está, que este espacio es el que mantiene abierto el peronismo como práctica socio-política genuinamente (bolita) americana. Con la experiencia de Disenso (1994-1999) desarrollamos un pensamiento para después de la modernidad. Uno podría hablar de pensamiento postmoderno pero enraizado en la premodernidad, en nuestras raíces, compartidas por toda la América hispana, que pertenecen a la baja edad media. Colonizando la América del Sur, los conquistadores no solamente han aportado el cristianismo como fe y saber de salvación sino que lo han encarnado sobretodo como categoría antropocultural lo que hace que no se puedan poner en pie de igualdad los aportes aborígenes y europeos. Es en este crisol donde se apoya lo esencial de nuestro pensamiento disidente. Para resumir diríamos que ensayamos contextualizar un pensamiento postmoderno en el cuadro de la modernidad tal como se da en nuestros días, pero desde la recuperación de rasgos esencial pertenecientes a la premodernidad. Consideramos que pensar la postmodernidad de hoy desde la modernidad de ayer nomás, como lo intenta la escuela del consenso es una tarea intelectualmente estéril. Sin embargo no hay que limitarse a la sola disidencia intelectual. La disidencia debe encarnarse prácticamente en la vida de todos los días. En este sentido debe leerse al filósofo escocés Alasdair MaIntyre y particularmente su trabajo Tras la virtud (1981). La disidencia práctica pasa necesariamente por el ejercicio cotidiano de la virtud, no realizado en forma burocrática, sino de manera generosa y sacrificada. Romper diariamente con las solicitaciones del sistema y el medio ambiente es una forma de ascesis. La disidencia como virtud resulta de un hábito creado por la repetición de actos de resistencia a este sistema corruptor y totalitario que anula al hombre por la televisión y la masificación y lo reduce a la bestialidad. Es una cuestión de dignidad que está vinculada al misterio de la encarnación. Se trata de pasar de lo universal a lo particular encarnado sus convicciones en la vida de todos los días. Y la sola manera de hacerlo deriva de la vieja lección de Aristóteles, es decir, el ejercicio de la virtud. Es este ejercicio cotidiano de ascesis de resistencia al sistema que crea la comunidad disidente. Ciertamente que parece una locura querer atacar al sistema que constituye a nuestros ojos el horizonte insuperable de la humanidad, pero la actitud disidente es completamente razonable en la medida en que el sistema no tiene promesas de eternidad. Su estado de crisis es permanente y el clima psicológico es de morosidad. Al optimismo voluntarista del período moderno sucede una forma de nihilismo desencantado que se expresa en el mejor de los casos como una crítica ácida a la situación actual, pero crítica puramente fenomenológica y descriptiva y no metafísica como debería ser. El ataque al sistema es entonces muy fuerte. En el terreno político la crisis es igualmente profunda. La democracia de antigua cuño desaparece en beneficio del gobierno y de la democracia procedimental, esta forma mecánica de gobernar. La letra sucede al espíritu y el procedimiento a la norma. No importa la catadura moral de un gobierno, lo importante es que el procedimiento sea respetado. Que importa que nueve millones de argentinos y 260 millones de iberoamericanos o toda el Africa subsahariana vivan debajo de la línea de pobreza si los procedimientos electorales son salvados. Este cambio de visión del sistema político es una de las razones que explican su pérdida de legitimidad a los ojos de los ciudadanos. El sistema aparece de más en más en lo que realmente es: una mentira. Es necesario en adelante pensar la salida y no es colaborando o consensuando con él como las cosas mejorarán. Es esta la lección que uno debería sacar en Francia del fracaso de la derecha nacional: ella se considera un producto del sistema y de golpe ella fue absorbida por él. Uno no puede salir del sistema con los mecanismos del sistema. Del laberinto Dédalo y su hijo Icaro salieron por arriba. Evidentemente esta toma de conciencia no debe constituir un pretexto para encerrarse en la torre de marfil de la metapolítica: es necesario pensar y pensar políticamente. La metapolítica debe desembocar en la acción política y no solamente aquella de los partidos, sino más bien sobre aquella del bien común, como fin de la actividad política según la palabra del viejo Aristóteles. La filosofía, así entendida, no es otra cosa que ruptura con la opinión, en una palabra, es disenso.

Así comenzamos entonces la tarea de realizar la deconstrucción de esta empresa de superchería. Evidentemente, comenzamos por lo más inmediato, a saber, lo que tenemos bajo nuestros ojos y que no queremos. Para ayudarnos en esta primera etapa nos apoyamos en le patrimonio intelectual iberoamericano y es así que descubrimos, más allá de los sederos recorridos por los pensadores del establishment, la existencia de un pensamiento de la resistencia o no-conformista. Buscamos algunos pensadores originales de cada uno de nuestros respectivos países y constituimos un entramado de materiales y textos que llamaban a la disidencia con relación al sistema establecido. Un pensador como el argentino Alberto Rougés (1880-1945) que escribió la refutación a Bergson en Las jerarquías del ser y la eternidad. Ciertos filósofos criollos son igualmente muy interesantes. Pienso en el mejicano Antonio Caso que pulveriza al positivismo en un ensayo de 1941 titulado Positivismo, neopositivismo y fenomenología. También el boliviano Franz Tamayo en la Creación de la pedagogía nacional (1910); el brasileño Gilberto Freyre en Casa Grande o Senzala (1933); el paraguayo Natalicio González en Raíz Herrante (1953) y tantos otros que sería largo enumerar. Como nosotros nos inscribimos en esta tradición disidente obramos para transmitir este patrimonio a las generaciones por venir.

Paradójicamente el clima cultural argentino es relativamente favorable debido al humus cultivado a partir del peronismo, sea por su desfachatez cultural sea por sus desplantes históricos a la academia y a la universidad. Enfrente solo está el vacío de la sociedad conformista. Lo mismo que en Francia, la gran mayoría de nosotros vive de manera masificada mientras que solo una minoría tiene el coraje de la disidencia. Ciertamente, existe un pensamiento oficial pero es completamente aséptico y sin originalidad. Los partidarios del pensamiento conformista se contentan con enunciar las teorías elaboradas en Europa y los Estados Unidos. El mimetismo es tan potente en el mundo universitario e intelectual suramericano que reinan aquí el no-pensamiento y el vacío. En efecto, nosotros hemos sido colonizados intelectualmente por Europa y los Estados Unidos. En Argentina no tenemos pensadores de la envergadura de un Richard Rorty o un Gianni Vattimo. La ironía del primero y el pensamiento débil de segundo, constituyen un lujo de las sociedades que quieren ejercer una influencia frente al resto del mundo. Sociedades opulentas las denomina Del Noce. Pero a favor nuestro está la circunstancia que nosotros no conocemos esa chapa de plomo que produce el terrorismo intelectual del “pensamiento único” , pues al encontramos lejos de los centros de producción del conformismo intelectual, poseemos todavía un espacio de libertad que hace posible la expresión de las ideas de disidencia, claro está, que este espacio es el que mantiene abierto el peronismo como práctica socio-política genuinamente (bolita) americana. Con la experiencia de Disenso (1994-1999) desarrollamos un pensamiento para después de la modernidad. Uno podría hablar de pensamiento postmoderno pero enraizado en la premodernidad, en nuestras raíces, compartidas por toda la América hispana, que pertenecen a la baja edad media. Colonizando la América del Sur, los conquistadores no solamente han aportado el cristianismo como fe y saber de salvación sino que lo han encarnado sobretodo como categoría antropocultural lo que hace que no se puedan poner en pie de igualdad los aportes aborígenes y europeos. Es en este crisol donde se apoya lo esencial de nuestro pensamiento disidente. Para resumir diríamos que ensayamos contextualizar un pensamiento postmoderno en el cuadro de la modernidad tal como se da en nuestros días, pero desde la recuperación de rasgos esencial pertenecientes a la premodernidad. Consideramos que pensar la postmodernidad de hoy desde la modernidad de ayer nomás, como lo intenta la escuela del consenso es una tarea intelectualmente estéril.

Sin embargo no hay que limitarse a la sola disidencia intelectual. La disidencia debe encarnarse prácticamente en la vida de todos los días. En este sentido debe leerse al filósofo escocés Alasdair MaIntyre y particularmente su trabajo Tras la virtud (1981).

La disidencia práctica pasa necesariamente por el ejercicio cotidiano de la virtud, no realizado en forma burocrática, sino de manera generosa y sacrificada. Romper diariamente con las solicitaciones del sistema y el medio ambiente es una forma de ascesis. La disidencia como virtud resulta de un hábito creado por la repetición de actos de resistencia a este sistema corruptor y totalitario que anula al hombre por la televisión y la masificación y lo reduce a la bestialidad. Es una cuestión de dignidad que está vinculada al misterio de la encarnación. Se trata de pasar de lo universal a lo particular encarnado sus convicciones en la vida de todos los días. Y la sola manera de hacerlo deriva de la vieja lección de Aristóteles, es decir, el ejercicio de la virtud. Es este ejercicio cotidiano de ascesis de resistencia al sistema que crea la comunidad disidente. Ciertamente que parece una locura querer atacar al sistema que constituye a nuestros ojos el horizonte insuperable de la humanidad, pero la actitud disidente es completamente razonable en la medida en que el sistema no tiene promesas de eternidad. Su estado de crisis es permanente y el clima psicológico es de morosidad. Al optimismo voluntarista del período moderno sucede una forma de nihilismo desencantado que se expresa en el mejor de los casos como una crítica ácida a la situación actual, pero crítica puramente fenomenológica y descriptiva y no metafísica como debería ser. El ataque al sistema es entonces muy fuerte. En el terreno político la crisis es igualmente profunda. La democracia de antigua cuño desaparece en beneficio del gobierno y de la democracia procedimental, esta forma mecánica de gobernar. La letra sucede al espíritu y el procedimiento a la norma. No importa la catadura moral de un gobierno, lo importante es que el procedimiento sea respetado. Que importa que nueve millones de argentinos y 260 millones de iberoamericanos o toda el Africa subsahariana vivan debajo de la línea de pobreza si los procedimientos electorales son salvados. Este cambio de visión del sistema político es una de las razones que explican su pérdida de legitimidad a los ojos de los ciudadanos. El sistema aparece de más en más en lo que realmente es: una mentira.

Es necesario en adelante pensar la salida y no es colaborando o consensuando con él como las cosas mejorarán. Es esta la lección que uno debería sacar en Francia del fracaso de la derecha nacional: ella se considera un producto del sistema y de golpe ella fue absorbida por él. Uno no puede salir del sistema con los mecanismos del sistema. Del laberinto Dédalo y su hijo Icaro salieron por arriba. Evidentemente esta toma de conciencia no debe constituir un pretexto para encerrarse en la torre de marfil de la metapolítica: es necesario pensar y pensar políticamente. La metapolítica debe desembocar en la acción política y no solamente aquella de los partidos, sino más bien sobre aquella del bien común, como fin de la actividad política según la palabra del viejo Aristóteles. La filosofía, así entendida, no es otra cosa que ruptura con la opinión, en una palabra, es disenso.

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